El ser humano es un ser social. Por naturaleza. Y es en sociedad, rodeado por otros de sus mismos intereses y afinidades, donde puede poner en marcha los mecanismos y los recursos necesarios para desarrollar sus aptitudes y sus conocimientos. Ponerlos en valor y permitir que otros se beneficien de ellos.

Las situaciones coyunturales siempre han exigido grandes sacrificios y enormes esfuerzos. Y en la actualidad, nos encontramos ante un cambio de paradigma social que está obligando a muchos a replantearse la forma en que deben de relacionarse con su entorno.

No es una cuestión tanto personal, como profesional. Las relaciones humanas están cambiando. Desde hace apenas un par de años, estamos viendo como nuevas alternativas de comunicación interpersonal producen y provocan reacciones sociológicas, que nos eran desconocidas hasta ahora.

Si en un principio éramos reticentes y reacios a divulgar y a dar a conocer nuestros más velados momentos vinculados con nuestro círculo personal, las redes sociales han provocado un cambio en este sentido. Cambio que se ha extendido desde las relaciones personales hasta las profesionales. Y todo ello, gracias a la familiaridad con la que nos comunicamos con las marcas, y a los momentos de intensa interacción que nos facilitan las redes sociales.

Estamos inmersos en momentos de cambio. Tenemos la oportunidad de poder contar con herramientas de difusión social que nos permiten difundir y divulgar información, de persona a persona, de una manera exponencial: viral.

Comunicación basada en identidades

La comunicación ha adquirido una nueva dimensión. Al igual que el conocimiento. Las relaciones humanas se multiplican, hasta el punto entablar contacto, iniciar conversaciones, participar de otras… Con personas a las que no conocemos de nada, más que de lo que de ellas sabemos por las redes sociales.

Nos basta un perfil bien construido. O incluso desequilibrado, raído y ‘sinsentido’. Asumimos que quien se encuentra detrás de dicha descripción, más que una persona es un personaje, un avatar social, que se ha diseñado y construido para asumir un papel que nos representa
en las redes sociales.

A veces, es un reflejo social de nosotros mismos. Una identidad digital que antes de suplantarnos, nos encarna. Otras, adopta un papel crítico, contrario e incluso indistinto a quienes realmente somos. No es un álter ego. Pero una representación de aquello que pensamos necesitar para poder darle un sentido a todo lo que somos.

Pero desde todos estos perfiles sociales, y con todas las actualizaciones que realizan, y con toda la comunicación que proporcionan, lo que les da valor no es otra cosa que el conocimiento con el que participan en las comunidades de usuarios a las que pertenecen.

Cada uno de nosotros elegimos el papel que queremos o que nos toca representar.

A veces, nos representamos a nosotros mismos. Nuestro avatar social quiere, entonces, ampliar un círculo social interactuando con otras personas y marcas ubicadas en cualquier parte del mundo.

En otras ocasiones, nos toca desempeñar un papel auto impuesto, o figurativo, asumiendo la personalidad de una marca empresarial, a la que debemos de dar vida, crearle sentimientos y dotarla de raciocinio, locuacidad y contenido.

Y en otras, inventamos, creamos, fabulamos y novelamos personajes que cuentan cosas que sabemos que otros necesitan.

La importancia del papel del prescriptor

Escojamos el perfil que escojamos, al final, todo se resume en ofrecer información, crear contenido que resulte sugestivo para quien nos encuentre, y generar conocimiento del que se puedan aprovechar aquellas personas que lo encuentren interesante. Nuestros perfiles sociales, siempre, serán prescriptores. A su manera, cada uno de los perfiles sociales es influido por alguien, e influye en alguien.

Es una especie de tornillo sin fin que transmite movimiento continuado y perpetuo a los canales de comunicación que utilizamos en las redes sociales. Siempre habrá alguien en quien nos basemos para crearnos una opinión. Pero también, siempre habrá alguien que nos tome como referente para crear la suya propia.

Y gracias a las redes sociales, esta influencia se multiplica y se expande de forma que cualquier puede convertirse en un referente en cualquier momento.

El éxito o el fracaso de las marcas dependen del número de presciptores que consiga. Del volumen de su comunidad. Pero sobre todo de la calidad de la información, no ya que se crea desde la fuente, sino que se genera en toda la colectividad: entre el número de usuarios a quienes se sigue, y que nos siguen en redes sociales.

Para poder disponer de una buena comunicación social, y de una potente y fructífera reputación social, es necesario que nuestras interacciones sean capaces de hacer que el engranaje provoque una reacción en, al menos, un miembro de nuestra comunidad.

Y así, éste hará de transmisor, de altavoz y de vocero (por exigua o pequeña que sea su influencia) suficiente para generar un movimiento con efectos, siempre multiplicadores.

Se trata tanto de crear contenido, como de encontrar una comunidad afín, sensible y receptiva. Se trata de ser sociales, y de seguir siéndolo sin abandonar nuestra integridad, ni nuestra identidad de marca, ni nuestra personalidad asociada.

Vía @Avalon

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